Las mujeres del barro

La alfarería lenca aún está presente en Guatajiagua. Las mujeres se han encargado de mantenerla viva.
TURISMO   10 de enero de 2012
Angélica Santos
 


Foto Lisette Monterrosa
Guatajiagua se ha caracterizado por ser una comunidad lenca dedicada al barro negro.
Rodeado de montañas y valles, yace a 148 kilómetros de San Salvador este apacible municipio, el cual guarda celosamente los secretos de la alfarería Lenca.

A diferencia de otros lugares como Santo Domingo de Guzmán en Sonsonate y Quezaltepeque, en La Libertad cuya cerámica es roja, en Guatajiagua la arcilla negra es la protagonista de este arte ancestral.

La belleza de estas réplicas precolombinas se logra gracias a las habilidosas manos de las mujeres, quienes desde los primeros años comienzan a enamorarse del barro y aunque lo hacen a manera de juego, sus progenitoras se encargan de ayudarles a perfeccionarlo para perpetuar la tradición.

Según estadísticas de la casa de la cultura de esta localidad, hay más 300 artesanos y el 99% son mujeres arriba de los 25 años de edad, que tienen en común el oficio de alfareras.

Toda la comunidad Lenca trabaja la arcilla, por lo que no es extraño encontrar al paso vasijas rotas y columnas de humo que salen de los hornos donde queman la loza, lo que por costumbre se hace los viernes .

También es habitual observar en los corredores de las viviendas una infinidad de piezas que permanecen todo el día bajo el sol a fin de lograr un secado uniforme.

Asimismo, sobresalen los "pantes" de leña, pero de carbón, así se llama el árbol de donde la extraen y es un requisito para que la cocción sea de calidad.

MANOS LABORIOSAS

Doña Simona Vásquez es una de las artesanas que creció con el barro. Ahora a sus 84 años aún tiene la destreza de moldear la arcilla. Muestra de ello es la cantidad de ollas, comales, sartenes y cántaros, entre otros, que adornan el piso de su casa.

Por la edad ya se le dificulta agacharse para moldear el barro en la tierra, hoy lo hace sentada en una silla. No ocupa moldes, ni torno, solo un puñado de barro listo para transformarlo con sus propias manos.

Otra alfarera nata es Ebanista Pérez de 72 años, madre de cinco hijos, ninguno de los cuales siente la pasión por la arcilla. Sin embargo, ella espera que al menos sus nietas le den continuidad a esta herencia que con sus limitantes la ha hecho feliz, pues dice que es un trabajo digno que la brindado el sustento diario a ella y toda su familia.

En su casa no hay lujos, solo un espíritu emprendedor que contagia a los habitantes de este barrio donde un soleado día les asegura una buena producción. "Si hay sol hay esperanza, si hay lluvia hay que tener paciencia", sostiene.

Sin duda, son palabras sabias para los artesanos, quienes aguardan el buen tiempo para crear vasos, tazas, azafates, vasijas y sin faltar las tradicionales ollas, sartenes y comales, entre otros productos que el mercado demanda.

Así lo confirma doña Carmen López, otra mujer del barro. Para esta viuda de 62 años y con cinco hijos, tres hombres y dos mujeres, la arcilla es su único patrimonio que junto a sus hijas le da continuidad al legado de sus antepasados.

Las tres se encargan de trabajar la loza en casa. Allí un imponente horno da la bienvenida a los visitantes, mientras que el resto de la vivienda es ocupada como taller.

No hay muebles, solo una cama y una hamaca, el resto del espacio está ocupado por piezas de barro listas para ser quemadas, además de promontorios de barro tendido que esperan ser moldeados por estas manos prodigiosas.

Doña Carmen, solo necesita de unos segundos para convertir una porción de barro en un comal. Como toda una artífice, posa de pie y se agacha para darle forma a la mezcla de arenilla, barro negro y colorado que ha preparado desde hace dos días.

Luego dice, es colado para formar la masa y proceder a la elaboración de más de 16 piezas al día, es decir una carga y media.

Esa es la rutina en la autentica comunidad Lenca de Guatajiagua, un municipio que figura en el mapa de extrema pobreza, pero que no se queda de brazos cruzados, gracias a la laboriosidad de su gente, quienes han logrado proyectar el arte del municipio en San Salvador y en otros departamentos, incluso fuera del país.

"Hemos recibido capacitación de otras instituciones y ahora hacemos otros diseños como

portavelas, ceniceros, asadores de carne, cocinas, pero lo que más vendemos son las ollas y las arroceras. El comal ya poco se comercializa", sostiene.

Por ahora solo resta apoyarlas y comprar la réplicas del arte precolombino que aún se mantienen latentes en medio del modernismo.

Foto Lisette Monterrosa
Ollas, sartenes, comales y otros nuevos productos se siguen elaborando en este modesto pueblo.