Heber Flores y su travesía para alcanzar sus sueños

A los 16 años salió de su ciudad natal San Francisco Gotera, Morazán. Llegó a Canadá sin nada, solo con los deseos de triunfar, más de 30 años después disfruta de la vida que tantó soñó, una hermosa familia y un trabajo estable.
GENTE   9 de octubre de 2012
Marielos Ramírez
 


Foto cortesía.
Heber (a la izquierda) junto a dos compañeros de trabajo.
Heber jamás imaginó dejar su tierra natal: San Francisco Gotera, en Morazán. Todavía recuerda el calor y el exquisito ambiente campestre de su ciudad, además de aquel numeroso ganado que tenía que cuidar todos los días.

"Yo crecí en el campo, trabajando duro. Junto a mi padre teníamos muchas vacas y terneras que cuidar. No éramos ricos ni pobres", dice Heber.

Tenía 16 años y muchos sueños que cumplir junto a su familia, pero la disputa de una propiedad con otra familia de la zona fue la manzana de la discordia que lo obligó a dejarlo todo.

"Fue en 1979", recuerda él a la perfección, cuando fue obligado a abordar un ferri en La Unión, con destino a Nicaragua. De ahí partiría hacia San José, la capital costarricense, donde lo esperaría un tío, hermano de su madre.

Como en El Salvador su vida transcurría entre los sembradíos, el campo y el ganado, decidió dejar la ciudad y trasladarse a una zona donde la cosecha de plátano y la ganadería eran las principales fuentes de trabajo.

"Empecé a tener amigos que poseían haciendas y me daban trabajo, no mucho, pero me ayudaba, también me pedían que les ayudara a curar al ganado, por una plaga, una especie de mosca que los enfermaba", recuerda.

Aunque fue una bonita experiencia, después de dos años decidió regresar a su querida Gotera, sin nada en sus bolsillos, pero lleno de experiencias.

Pero permanecer en El Salvador ya no era una opción para Heber. De nueva cuenta se preparó para emprender un nuevo viaje, Estados Unidos fue el destino que seleccionó para cumplir el anhelado "sueño americano".

Ser indocumentado le pasó la factura en poco tiempo. Aquel sueño duró solo tres meses, fue deportado a El Salvador y permaneció en la cárcel por más de cuatro meses.

"Fue horrible", sintetiza Heber aquel pasaje de su vida que le gustaría borrar de su memoria. Un familiar le ayudó a agilizar el proceso de deportación, así pudo regresar a El Salvador.

Pero aquella "espinita" de tener una vida mejor no le permitió quedarse por mucho tiempo en su tierra; en pocos meses ya estaba en suelo mexicano.

"Fui a la embajada de Canadá en México, lo hice solo, sin conocer a nadie pero Diosito no me abandonó", relata. Y así fue.

Conocer a dos monjas en el Aeropuerto de México fue el "milagro" que esperaba.

"Les conté sobre mi vida y que no conocía a nadie, y que no tenía dónde llegar. No te preocupes -dijo una de ellas- nosotras te vamos a ayudar", recuerda este obstinado compatriota.

En México lo llevaron a un convento, le prepararon la cena, un cuarto para dormir y al siguiente día lo acompañaron a hacer las diligencias en la embajada de Canadá para viajar a ese país. "Todo salió bien y después me dieron "raid" al aeropuerto", recuerda.

Vida de triunfos

Heber llegó a Canadá el 1 de marzo de 1981, una fecha que no se ha borrado de la memoria de este trabajador salvadoreño y que seguramente recordará toda su vida.

Desde hace 30 años reside en Toronto, Canadá. Adaptarse a ese país no fue nada fácil. Sin embargo, hoy asegura sentirse orgulloso de haberlo superado todo.

Cuando aterrizó en tierras canadienses, sus bolsillos iban vacíos, pero se hacía acompañar de unos grandes deseos de triunfar y de tener una vida estable.

La barrera del idioma fue el primer reto a vencer. Como todo salvadoreño asegura que empezó a "ponerse las pilas" para aprender inglés sin necesidad de ir a una escuela.

Un taller de mecánica automotriz le permitió tener su primer trabajo y también fue la oportunidad perfecta para practicar la nueva lengua, y es que nadie se comunicaba en otro idioma.

No todo fue color de rosa, para incrementar sus ingresos tuvo que cambiar de trabajo y dedicarse al rubro de la construcción. Sus faenas eran largas y muy duras, el dinero que obtenía era lo único que lo confortaba al final del día.

Todo aquel esfuerzo valió la pena, tomó cursos privados para obtener un nivel académico superior y dominaba cada vez mejor el idioma de esa nación.

Hoy tiene 25 años de laborar en una compañía que distribuye alimentos para líneas aéreas, donde empezó como ayudante en los camiones que transportan la comida.

El espíritu de laboriosidad y de superación que caracteriza a Heber, lo empujó a tramitar una licencia pesada para manejar este tipo de vehículos y casi de inmediato logró un ascenso.

Después de ocho años, otra oportunidad llegó a sus manos. La misma empresa le ofreció estar en una oficina de despacho, su principal tarea es brindar información a cerca de 28 motoristas sobre las horas de llegada y salida de los aviones.

"Estoy en la sección de camiones, un cargo pequeño y fácil, además me divierto con lo que hago, paso ocho horas de un avión a otro, recibiendo quejas que tengo que resolver", relata el orgullo compatriota que ya suma más de dos décadas de trabajar para la misma empresa.

Su familia, su tesoro

Cuando cumplía 22 años y luchaba por abrirse camino en Canadá, Heber conoció a Jenny, una colombiana que lo enamoró y con la que decidió formar una familia. Con ella han procreado tres hijos, Stephanie, Erika y Heber, que son el orgullo de este salvadoreño.

"Le doy gracias a Dios por darme todo, yo no soy rico, pero con lo que tengo soy feliz y es lo mas importante", dice.

Para su vejez, Heber dice tenerlo todo planeado. Su principal sueño es regresar a su querido El Salvador y estar con la gente de Francisco Gotera. Lo único que espera es que sus hijos tengan resueltos sus proyectos de vida, entre ellos casarse, señala.

"Me gustaría continuar trabajando en el campo, con el ganado, y poder ayudar a quienes más lo necesitan", concluye.

No duda que regresará al país y estará junto a su familia, volverá a visitar las ferias de su pueblo, a tomarse una deliciosa sopa de gallina india y a comerse todas las pupusas que pueda. Que es lo que más ha añorado en todos estos años de ausencia.

Foto cortesía.
Uno de los pasatiempos favoritos de Heber es jugar golf.